ÁLVARO DE LUNA: CONDESTABLE DE CASTILLA

Texto y foto: Francisco J. Vázquez | Publicado: 17 de abril de 2024.

 

Álvaro de Luna nació sobre 1390 en el municipio de Cañete. Su concepción fue fruto casual de una relación ilícita entre el que fuera señor de la villa (y del que tomaría su nombre) y de una mujer llamada María y apodada "la Cañeta". Ésta, de vida complicada y con fama de meretriz quedó en cinta y, aunque parece que su embarazo no convenció al presunto padre de que aquel retoño fuese suyo, éste reconocería al crío una vez nacido.

Huérfano de progenitores desde muy temprana edad fue acogido por su tío paterno, que no era otro que el arzobispo de Toledo Pedro de Luna. Como en el momento de hacerse cargo del niño éste estaba en Roma, el pequeño Álvaro fue llevado a la ciudad del Tíber donde permaneció largos años empapándose de cómo se manejaba el poder y de cuáles eran sus entresijos. Al alcanzar los dieciocho años regresó a Castilla, entrando a formar parte de la corte del que sería futuro rey Juan II como doncel.

Posiblemente los años pasados en la Ciudad Eterna, unidos a su gran inteligencia y pocos escrúpulos, hicieron que aquel joven sirviente pronto formase parte importante del núcleo entorno al monarca, Su conocimiento de las intrigas y oportunidades de los círculos de poder, así como su fama de despiadado, lo hicieron indispensable como consejero fiel de aquel soberano.

Además de los secretos la estrategia era también uno de sus fuertes y así lo demostró cuando Juan II se enfrentó por el poder a los infantes de Aragón. Gracias a Álvaro de Luna se consideró a sus oponentes como extranjeros en tierras de Castilla, haciendo que tropas y pueblo creyesen que eran peligrosos y por tanto elementos a los que enfrentarse. 

Otro episodio de su vida que terminó de alzarlo a ojos del soberano fue justo tras su enlace matrimonial con la que sería su primera esposa, Elvira de Pontocarrero. Juan II fue prácticamente secuestrado por Enrique de Aragón en un suceso que la historia conoce como el "atraco de Tordesillas". Así que no dudó en auto encerrarse con él en el Castillo de Montalbán, donde no sólo demostró su lealtad sino que orquestó un plan que permitió la liberación del rey. Y eso le encumbró.

Pero nada sale gratis y su creciente poder hizo que muchos nobles lo viesen no con respeto, sino con miedo y rechazo, haciendo que el monarca lo desterrase (1427). No fue la única vez ya que lo hizo en las mismas circunstancias y con los mismos personajes en 1439 y 1441. ¿Cómo fue posible? Porque al final cada exilio acababa en una llamada del soberano pidiéndole (suplicándole) su vuelta como consejero de confianza. 

La figura de Álvaro de Luna fue muy controvertida, con muchos momentos de luz pero también con muchos otros de sombras donde su desmedida ambición hizo que fuese uno de los personajes más poderosos de Reino de Castilla. Consiguió desde éxitos internacionales importantes para el gobierno como las treguas con Inglaterra o la Hansa germánica (una especie de asociación gigantesca de comerciantes) en 1430 a la paz con Portugal en 1431, e incluso imponer su voluntad en el nombramiento de su propio hermano (Juan de Cerezuela) como arzobispo de Toledo en 1434. 

Militarmente también fue un personaje poderoso, llegando a ser Condestable de Castilla (un cargo sobre el que recaía el mando supremo del ejército y que de facto era el máximo representante del rey cuando éste no se encontraba en un lugar concreto).

Pero lo que nunca llegó a esperar es que su poder cayese en picado debido precisamente a intrigas palaciegas similares (y mejores) a las que él mismo protagonizó en incontables ocasiones. Murió detenido y degollado en Valladolid un 3 de junio de 1453 en una plaza pública acusado de usurpaciones de funciones reales. Su cuerpo descansa en la Catedral de Toledo, en la capilla de Santiago.

 

Fuentes utilizadas:

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